
Hoy es domingo y el mapa de mi nueva identidad está grabado en mi piel. Visité a Zully en Forget me Not para hacerme dos jaguares simétricos con manchas de corazones, celebrando cinco años de transitar el camino de la terapia psicológica. La experiencia de compartir con ella, conectar con su arte y ver el resultado final fue simplemente increíble. Antes de eso, mi mañana transcurrió corriendo en el gimnasio del hotel, nadando en la piscina, tomando jugos de Plantiful y un café de Starbucks. Un día diseñado, por y para mí, desde la abundancia absoluta.
Sin embargo, al regresar a la habitación del hotel, el interruptor de mi viejo sistema de alerta se encendió de golpe.




De repente, me invadió una incomodidad aplastante. Empecé a sentirme tonta por la cantidad de dinero que gasté hoy, completamente fuera de lugar en esta cama gigante, y con una culpa pesada flotando en la mente. Mis nuevos tatuajes me duelen y me sangran, lo cual es físicamente normal, pero esa vulnerabilidad corporal pareció abrirle la puerta a todos mis demonios mentales. Durante horas, no sabía exactamente qué sentía; solo sabía que me sentía mal. Tanto que me preparé un café en el cuarto, de esas cápsulas que dan, y lo regué en la cama. El derrame físico exacto de mi caos interno sobre la pulcritud del lugar.
La trampa de la “cruda” del bienestar
Cuando has pasado gran parte de tu vida habitando espacios con paredes de MDF donde todo se escuchaba, la comodidad y el autorreconocimiento se sienten extrañamente peligrosos. Mi mente de supervivencia, asustada por tanta fluidez y disfrute en un solo día, intentó sabotear el momento de la única forma que sabe: haciéndome dudar de mi derecho a gastar en mí misma, a descansar y a celebrar mis victorias. El café sobre las sábanas blancas fue la prueba física que mi cerebro buscó para justificar que “algo tenía que salir mal”.



Es fácil caer en la trampa de querer sobrepensar las finanzas o racionalizar la culpa para acallar el malestar. Pero hoy el estoicismo me dictó una lección diferente, una mucho más cruda y real: sentarme con la incomodidad es incómodo y desagradable, pero es la única cura a mi dolor.
Evitar la sensación, buscar un problema que resolver o castigarme con reproches solo prolongaría la agonía de la vieja identidad que se resiste a morir.

Sangrar para sanar
El dolor físico de las agujas me recuerda que los cambios profundos duelen, inflaman y cansan. El cuerpo no sabe de metáforas; mi piel sufrió un trauma real hoy para poder portar estos jaguares. De la misma manera, mi mente está sufriendo la fricción de aprender a recibir cosas buenas sin pedir permiso ni disculpas.
No estoy mal a nivel espiritual, ni soy tonta por invertir en mi historia. Simplemente estoy mudando la piel.






Asumo este dolor físico, la mancha de café y esta opresión en el pecho no como una señal de error, sino como la evidencia de que estoy cruzando la línea de fuego de mi propia evolución. Dejo que arda lo que tenga que arder y que se limpie lo que se tenga que limpiar. Mañana la tinta se habrá asentado, la culpa se habrá disuelto con la razón, y caminaré por el mundo con la certeza de que la verdadera fortaleza radica en la amabilidad, y que este territorio me pertenece por completo.
Paz, amor y resiliencia en la piel,
Kiriosa.



