Capítulo II: De la religión a la espiritualidad: Sanando el temor




Nací y crecí en Guatemala, inmersa en un entorno donde el cristianismo lo impregna todo: desde la jerga cotidiana y los dichos populares hasta las expectativas de formación y el rol de la mujer en la sociedad. Para mí, ese peso siempre fue difícil de cargar. En momentos cruciales para la formación de mi carácter, ese sistema me falló profundamente, dejando heridas que me marcaron y me aislaron.
A los 11 años, cuando mi conciencia empezaba a despertar, entendí que mi mundo interior era lo único que podía controlar. Empecé a soñar con otras culturas y viajes; en ese entonces, viajar era mi forma de huir de mis problemas para poder sobrevivir.
Hoy, seis meses después de mi regreso de la India, puedo hablarle a esa niña asustada. A mis 32 años, viajar ya no es una huida, sino un acto de curiosidad genuina que nutre a esa niña que alguna vez estuvo sola. Mi estancia en Rishikesh fue el “reset” sagrado que necesitaba.



El espejo de lo diverso
Rishikesh es una ciudad donde la conexión con lo divino es parte de la identidad diaria. Por primera vez en mi vida, el cristianismo no era el centro de mi entorno; en su lugar, convivían el sijismo, el budismo, el islam, el hinduismo y una comunidad vibrante dedicada al yoga y al pranayama. Ver el reverso de mi propia cultura me permitió reconocer mi propia indoctrinación. Viajar con un propósito se convirtió en el espejo más intenso para escribir mi propio “manual operativo”.
Este proceso de desenredarme no habría sido posible sin la inversión que he hecho en mi salud mental. Gracias a años de terapia, pude reconocer el cambio profundo que estaba viviendo mientras sucedía, manteniendo siempre mi integridad física y psicológica. Fue mi psicóloga, Paola, quien me sugirió un camino ambicioso: crear mi propio sistema religioso, exclusivo y aplicable para mí.




La unión de dos mundos: Estoicismo y Yoga
Paola me explicó que las personas participan en una religión no solo por pertenencia, sino por una guía moral y expectativas saludables hacia uno mismo y hacia los demás. Me sugirió investigar el Estoicismo, y al leer las Meditaciones de Marco Aurelio, sentí una resonancia inmediata.
Mi propuesta es integrar el Estoicismo con las ocho ramas del yoga. Es una idea ambiciosa y una responsabilidad grande, pero siento que esta mezcla satisface mis dos grandes búsquedas:
- El Estoicismo, acoplado a mi visión occidental y mi búsqueda de excelencia.
- Las ocho ramas del yoga, para satisfacer mi deseo de conectar con lo divino de una forma que no sea impuesta.




De la inanición al banquete sensorial
Desde pequeña, debido a los desafíos que enfrenté, desarrollé un “hambre” instintiva por aferrarme a la vida. Ese hambre me ayudó a dejar de simplemente sobrevivir para empezar a vivir de verdad.
Dicen que no hay nada mejor que comer cuando se tiene hambre, pero comer sin haber sufrido inanición es una experiencia distinta. Ahora como por el deseo de tener una experiencia sensorial, no por la urgencia de la carencia. Mi hambre está cambiando; ahora busco un mejoramiento continuo y sostenible.
La vida puede ser cruel e injusta, y por eso es necesario convertirse en alguien fuerte para disfrutarla. Pero la verdadera fortaleza rara vez es violenta; la verdadera fortaleza es la ecuanimidad estratégica y eficiente.
Este es el siguiente nivel en el “videojuego de mi vida”. La creación y aplicación de mi propio sistema —basado en el estoicismo y el yoga— es la dirección que elijo tomar.
Paz, amor y muchas frutas,
Kiriosa.






