Una boda en Chichicastenango se convirtió en una experiencia cultural y sensorial. Fue la primera misa a la que asistí adentro de esa parroquia. De donde soy, las ceremonias religiosas usualmente no llenan las iglesias, pero esta vez, la parroquia estaba repleta. Quizás unas 300 o 350 personas asistieron. Mientras observaba la ceremonia de casamiento, vi a una familia abundante y feliz, de todas las edades. Los niños estaban vestidos de la misma manera, las damas de honor ayudaban con el velo de la novia y los padrinos de la boda se sentaban detrás de los novios. La novia se veía hermosa, con su indumentaria maya y un velo largo lleno de lentejuelas bordadas.

Después de una semana llena de frustración, dolor y responsabilidades en mi trabajo, esta ceremonia me permitió escapar de la rueda en la que estoy corriendo y disfrutar de la vida. Fue un viaje sola a uno de los lugares más emblemáticos de Guatemala, y la fiesta fue increíble.
Mi refugio con chimenea
Me hospedé en el Hotel Museo Maya Inn, y mi habitación incluía una chimenea, un escritorio, una pequeña sala y una cama muy cómoda. La luz tenue y amarilla hacía que el ambiente fuera romántico. Con la ventana grande que daba a la calle y la lluvia que duró toda la noche, fue una estancia refrescante que disfruté muchísimo. Solicité ayuda para encender la chimenea mientras me preparaba para la fiesta, y me sentí como en un castillo.






La comida y los descubrimientos
No sería una nómada vegetariana si no hablara de la comida. Encontré un restaurante llamado Coffee Shop Cofrades, con vista al mercado. Un lugar lleno de colores, arte y… ¡comida vegana y vegetariana! Ordené un sándwich vegano de espinaca, berenjena y zucchini, acompañado de papas, con una piña colada rosada. El pan parecía artesanal. Mientras comía, escuchaba a tres personas en el fondo hablando poesía.
Uno de mis mantras habla de cómo la búsqueda de bienestar se logra con autocuidado y con la compasión que expreso hacia mí misma. La comida, el ambiente, la lluvia y los colores llenaron mi mente, que no podía más que estar presente.





La soledad es un regalo
Ir sola a la fiesta fue muy interesante, y el choque cultural que sentí fue ameno. Llegué al salón municipal, donde me encontré con caras familiares. Al ingresar con mis regalos, pronto me di cuenta de que este no es el tipo de celebración en la que se acostumbra regalar cosas, sino que se llevan sobres blancos con dinero. Los novios recibían el sobre de cada persona y lo colocaban en un cubo de madera tipo alcancía decorado con flores.
Llegó mi turno y les di mis regalos, bendiciones y nos tomamos una foto. Después, me acomodaron en una mesa con extraños, pero estaba tan feliz de estar en un lugar lleno de energías de celebración. Nos agradecieron por llegar, nos sirvieron comida y una banda de 12 personas empezó a tocar.

Llegó la hora de bailar y el maestro de ceremonias les pidió a los hombres que sacaran a bailar a las mujeres… nadie me sacó a bailar, así que bailé sola. Para dar contexto, nadie más estaba bailando sola. Pero la música era muy divertida, ¿cómo no bailar? Lo disfruté muchísimo.
Después de cortar el pastel, la novia invitó a las solteras para lanzar el ramo. Me di cuenta de que era la única sin indumentaria maya, con un mínimo de 10 centímetros de diferencia de altura y la de mayor edad. Nadie quería recibir el ramo… fue un choque cultural.

Un final tranquilo
Regresé a mi cuarto y encendí la chimenea otra vez. Mientras llenaba la tina de agua caliente, me metí en la cama y vi el techo de madera, la luz que emanaba de la chimenea y escuchaba la lluvia que golpeaba las piedras de la calle. Dormí profundamente, relajada, divertida y agradecida. Me recordé a mí misma lo feliz que puedo ser cuando viajo sola y lo mucho que puedo confiar en mí para protegerme y emprender aventuras.
Paz, amor y muchas frutas,
Kiriosa.





