Diseñé este viaje como un experimento consciente. Sabía que hospedarme en un lugar cómodo, limpio y elegante me iba a generar incomodidad. Quería entrenar a mi mente para acostumbrarse a recibir cosas buenas, a habitar los ambientes que realmente quiero y que he construido con mi propio esfuerzo. Lo que no preví es que el experimento me llevaría a la raíz de todo: mi resistencia a soltar el control.
Durante años, el control fue mi armadura de supervivencia. Cuando el entorno es hostil, cuando hay que apagar incendios, cuando hay que poner límites de acero a la prepotencia o sustituir piezas operativas en domingo, quiero tener el control. Y sé que puedo. Mi mente ejecutiva es excelente en el caos.
Pero la verdadera maestría no es vivir con la armadura puesta las veinticuatro horas del día. La verdadera fortaleza radica en la versatilidad del control: la capacidad de ser implacable en la batalla, pero también saber estar presente, blanda y receptiva, cuando la guerra se ha pausado y estoy en una cama bonita, en un hotel bonito.
Mirar el hostal de enfrente, con sus paredes de MDF donde todo se escuchaba, es recordar el punto de partida. Sentir el peso de las sábanas del Westin es reconocer el punto de llegada. No hay traición en el progreso; hay justicia.
Mañana me grabaré en la piel dos jaguares con manchas de corazones. Serán el recordatorio perpetuo de esta dualidad: la fuerza salvaje que sabe proteger su territorio, fusionada con la amabilidad y la ternura de quien ha sanado durante cinco años en terapia.
Hice lo que pude con los clientes, tomé las decisiones correctas con mis recursos y blindé mi negocio. Hoy la empresa está a salvo. Esta noche, mi único acto de control será obligarme a no hacer nada. Reclamo mi derecho a la paz, a la luz hermosa y al silencio. La tregua también se lidera.
Paz, amor y flexibilidad absoluta,
Kiriosa.



