Ayer me senté a tomar un café —leche de soya y Splenda, un detalle profundamente amable— con mi psicóloga Paola para celebrar un hito inmenso: cinco años de transitar el camino de la terapia. Cinco años de desmantelar historias, de aprender a mirar mis monstruos a los ojos y de reclamar mi propia soberanía.
Llegué a la sesión cargando una mezcla densa de emociones. Por un lado, la persistente mentira de mi condicionamiento gritándome que soy indigna de las cosas buenas; por el otro, la certeza lógica de que he trabajado con disciplina implacable para ganarme cada milímetro del lugar donde estoy. Pero la raíz de mi agitación actual venía de un movimiento tectónico en mi estructura: la reciente ausencia de un colaborador en mi empresa.
Descubrí que mi sentimiento de seguridad opera exactamente como una mesa de cuatro patas. Esas patas son mis anclas, mi abrigo contra el caos del mundo:
- Mi hermana (mi socia y aliada en la arquitectura y el desarrollo).
- Mis sistemas (la estructura operativa y el equipo de trabajo).
- Kaleb (mi puerto seguro y compañero de vida).
- Mis cinco gatos (mi refugio diario de ternura).
La semana pasada, cuando tuve que ejecutar un límite de concreto y despedir en el acto a un colaborador prepotente para proteger la dignidad de mi madre y mi liderazgo, la pata de “los sistemas” sufrió un golpe. Racionalmente sé que fue la decisión correcta. Sin embargo, para mi cuerpo, esa ausencia activa una alarma silenciosa de “peligro de vida o muerte”. Cuando una de mis anclas falta, mi necesidad de control se dispara a niveles tan altos que termina por nublarme la vista.
Encontrando la “maña” en el vocabulario
En ese estado de alerta, la palabra “relajación” me hace un cortocircuito absoluto. Mi cerebro la traduce como descuido, flojera o vulnerabilidad. La relajación se vuelve increíblemente poco práctica desde la perspectiva de mi miedo a perder el control.
Fue ahí donde Paola me regaló una perspectiva brillante para hackear el sistema. Si la palabra no funciona, cambiamos el vocabulario.
En mi empresa, yo entiendo perfectamente que para que el negocio sea sostenible, debo cuidar a mis recursos humanos. Doy el bono 14, preparo refacciones, compro comida o panitos de banano para mi equipo porque sé que un trabajador agotado destruye la obra. A partir de hoy, he decidido aplicar esa misma ingeniería conmigo misma: la relajación deja de ser un lujo y se convierte oficialmente en mi “Incentivo Laboral”.
Estoy reacia a recibirlo, sí. Pero sin este incentivo, la máquina principal de la constructora —que soy yo— se funde. Encontré la “maña” técnica que necesitaba para darle a mi cuerpo la pausa que requiere, usando los mismos términos de excelencia con los que dirijo mis proyectos.
Subiendo de nivel
Haber perdido una pata de la mesa de seguridad temporalmente no es un fracaso; es el escenario de mi nuevo examen. Esto se siente exactamente como subir de nivel en un videojuego: los desafíos cambian, la presión aumenta y te ves obligada a pulir tus habilidades. Como dice la famosa frase: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Mi responsabilidad hoy es sostener el timón mientras el concreto fragua.
Hoy me cuesta sentarme en mis habilidades ya desarrolladas con orgullo y satisfacción. Me cuesta ver la inmensidad de lo que he construido porque estoy bajo presión y no me siento completamente segura. Y esa es la combinación perfecta para que las voces de mi trauma me griten mentiras difíciles de combatir.
Pero que hoy no pueda sentirlo debido a la neblina de la adrenalina, no significa que en el pasado no lo haya logrado. Mis obras siguen en pie, mis diseños son reales y mis pasos me han traído hasta aquí. Confío plenamente en que superaré estas dificultades. Con el tiempo y la práctica, mis habilidades para gestionar la versatilidad del control serán mejores, más finas y más implacables.
Mantengo la mirada fija en el objetivo.
Paz, amor, muchas frutas y salud mental,
Visión de túnel y sello personal de excelencia.
Kiriosa.



