Hay un dolor muy específico que no proviene de la traición escandalosa ni de la ruptura repentina. Es un dolor sordo, pesado y transparente: el dolor de la brecha.
Es la distancia exacta que existe entre la persona que tenemos enfrente y la versión que inventamos en nuestra cabeza para sentirnos a salvo.
Durante mucho tiempo viví convencida de que el amor exigía derribar todas las defensas. Yo, que suelo construir murallas altas para proteger mi espacio y mi paz, decidí apagar todos mis radares el primer día. Decidí que con él no habría filtros, no habría evaluaciones, no habría tiempo de prueba. Le entregué una confianza ciega, no por quién era él en ese momento, sino por la desesperada necesidad de tener un refugio donde no hiciera falta estar en guardia.
Construí una fantasía impecable. Una narrativa donde el amor era atención a los detalles, refugio en la vulnerabilidad y complicidad en lo absurdo. En mi mente, él era quien se detendría a revisar el radiador del carro conmigo si se lo pedía; quien me tomaría la mano con ternura si el mar abierto me daba miedo; quien bailaría coreografías tontas en la sala para hacerme reír.
Pero la realidad, cuando uno se atreve a mirarla sin el filtro del anhelo, tiene una voz mucho más fría.
La realidad fue un “lleva el carro al mecánico”. La realidad fue un gesto apurado para que me arrojara al agua mientras yo me ahogaba en ansiedad. La realidad fue el silencio ante la falta de respeto de terceros, las interrupciones constantes a mis ideas y los chistes a mi costa para calmar inseguridades ajenas en un salón lleno de desconocidos.
El tiempo en que todo esto sale a la luz no es una coincidencia. Ocurre justo ahora, cuando he tenido que reconocer el valor real y la calidad de lo que construyo en mi trabajo, cuando he aprendido a ponerle límites al machismo de ciertos clientes y a sostener mi postura frente a la inestabilidad de otros. Al construir esa firmeza afuera, creé dentro de mí el recurso que me hacía falta. Por fin entendí que ya no necesitaba desesperadamente la fantasía de él para sentirme segura; me había convertido en mi propio refugio.
Entender esto no significa convertirlo en un monstruo. Él no siempre es cruel, pero he comprendido que lo suyo es una empatía selectiva. Su amabilidad y su atención no son un estado natural ni una lealtad incondicional; aparecen cuando hay un beneficio propio de por medio o cuando decide enfocarse en alguien para hacer un gesto que lo haga sentir bien a él. El cuidado no es algo que fluya en él de manera orgánica hacia mí.
El verdadero duelo no empieza cuando la relación se termina; empieza cuando la ilusión se muere.
No sé qué fin tendrá esta relación en el papel, porque hoy no busco forzar decisiones apresuradas mientras las emociones están a flor de piel. Pero sé con absoluta certeza que, a largo plazo, ver las cosas por lo que son en realidad es el único camino soberano que puedo tomar.
Hoy no lloro por lo que perdimos. Lloro por la ilusión que tuve que enterrar para recuperar mi cordura.
Llorar la muerte de una fantasía es un acto de honestidad brutal. Es el precio que pagamos por dejar de anestesiar los hechos con promesas vacías. Sin embargo, al final de ese proceso no hay vacío, sino suelo firme. Al desmantelar la historia que inventé, no solo dejé de esperar lo imposible de quien no puede darlo; recuperé mi brújula, mis estándares y la certeza de que mi valor jamás vuelve a ser negociable.
En busca de paz, amor y comida confort,
Kiriosa.



