Hay un altar silencioso que muchas personas construyen sin dar se cuenta. Es un altar erigido al dios de la escasez.
A este dios no se le rinde culto con grandes rituales, sino con cálculos obsesivos, reservas emocionales y una vigilancia constante. Nace en los terrenos donde alguna vez faltó el pan, la atención o la seguridad. Crece con la convicción profunda de que todo en esta vida —el dinero, el afecto, la atención, el tiempo, la amabilidad, el contacto físico— es un recurso finito y en peligro de extinción.
Para quien rinde culto a la escasez, la vida es un juego de suma cero. Racionar el cuidado no es una decisión consciente de crueldad; es una estrategia de supervivencia. Dar de más significa quedar desprotegido. Por eso, cualquier intento de pedir generosidad, ternura o presencia se procesa como una amenaza a la reserva vital. La mente entrenada en la carencia se disfraza con frecuencia bajo la máscara de la “justicia” o la “equidad”: palabras socialmente aceptables para justificar el racionamiento y garantizar que jamás se entregue un gramo de más.
En la otra esquina de este paisaje psicológico habita lo que esa misma mente percibe como el diablo de la abundancia.
Para el devoto de la escasez, la abundancia no representa paz; representa peligro. La abundancia le exige soltar el control, confiar, abrir las manos y aceptar que el mundo no se va a derrumbar si se entrega sin calcular. La abundancia se siente como un territorio extraño y caótico. Es un riesgo incalculable.
Por eso resulta extrañamente cómodo aferrarse a las narrativas de privación. Nos mentimos a nosotros mismos y justificamos conductas deficientes porque la familiaridad de ese caos conocido nos da una falsa sensación de control. Creemos que si nos mantenemos en la escasez, si nos autolimitamos o si aceptamos las migajas de otros, al menos sabremos qué esperar. Es la trampa perfecta para quedarnos exactamente en el mismo lugar para siempre.
Sin embargo, la abundancia no es un lujo que se le pide a quien opera desde la trinchera; es una postura interna frente a la realidad.
Reconocer la adicción al dios de la escasez —tanto en los demás como en las mentiras que nos contamos para no movernos de lugar— es el primer paso para desmantelar la ilusión. Exige el coraje de dejar de administrar la miseria emocional y atreverse a habitar la incomodidad de la plenitud. Al final, soltar el control de la carencia es la única forma de descubrir que no estamos obligados a vivir en bancarrota para estar a salvo.
Paz, amor y muchas frutas,
Kiriosa.



