Cuando tenía 22 años, pensaba que el desarrollo inmobiliario se reducía a una fórmula estética y comercial: pintar fachadas, cambiar inodoros, cobrar rentas y diseñar espacios. Una visión limpia, ordenada y, admitámoslo, un poco ingenua. Hoy, diez años después, la realidad me ha dado un golpe de frente.
Hoy es domingo. Usualmente, este es mi día sagrado de descanso, el espacio que protejo con uñas y dientes para recargar energía, estar con mis gatos y habitar mi propio silencio. Sin embargo, escribo esto desde la empresa, con el cuerpo pesado y la mente sobreestimulada. Estoy aquí, junto a mi madre, cubriendo manualmente las responsabilidades de uno de nuestros colaboradores.
Ayer recibimos una noticia de esas que te congelan la sangre: este colaborador fue detenido por una orden de captura.
La paradoja del líder: Logística vs. Humanidad
En el momento en que el sistema se rompe, la mente de fundadora se activa en modo supervivencia automática: “¿Quién cubre su puesto? ¿Cómo reestructuramos el plan de trabajo para cumplir con las entregas? ¿Cuál es el plan de contingencia?”. Es una reacción fría, necesaria para que la empresa no se caiga y para proteger el trabajo de todos los demás. Pero inmediatamente después, aparece la culpa. Me sentí egoísta por pensar en los números y las responsabilidades antes que en el ser humano.
Porque detrás de los ladrillos y los contratos, siempre hay gente. Gente con miedos, con familias, con pasados complejos y con un presente vulnerable. Mientras limpio o muevo papeles hoy, no puedo evitar que las preguntas me inunden: ¿Tendrá frío? ¿Tendrá sed? ¿Cómo se sentirá su familia en este domingo donde el sistema judicial está cerrado y no se puede hacer nada?
Es una posición incómoda y asustadora. ¿Dónde está la línea entre ser una empleadora prudente y ser un ser humano empático? El mundo corporativo nos enseña a inflar el ego, a insensibilizarnos y a usar a las personas como piezas intercambiables de un tablero. Pero yo me niego a construir bajo esa premisa.
Poner el cuerpo, no el látigo
Hace apenas unos días, un cliente con mentalidad de capataz me regañaba diciendo que el “amo” debe estar presente para que los trabajadores produzcan. Qué vuelta de tuerca me dio la vida hoy. No estoy aquí vigilando con un látigo desde la sospecha; estoy aquí doblando la espalda, sustituyendo a la persona que no puede estar, resolviendo un imprevisto del que todos somos víctimas indirectas.
Mañana lunes tendré la reunión con el abogado. Haremos las preguntas correctas, analizaremos el alcance legal y veremos cómo podemos apoyar de forma institucional y justa, respetando los límites de lo que nos corresponde. Pero hoy, domingo, lo único que puedo hacer es sostener el fuerte.
Reconocer la vulnerabilidad de mi equipo me vuelve vulnerable a mí, es cierto. No tener la armadura del ego significa que el dolor de mi gente me traspasa. Pero prefiero mil veces esta pesadez en el cuerpo y esta niebla mental, que la ceguera de creer que soy superior a quienes construyen mis sueños. Los bienes raíces no son una carrera de poder adquisitivo o renombre; son el arte de gestionar la complejidad humana. Y hoy, mi forma de honrar esa complejidad es estar aquí, resolviendo, esperando que mañana sea un día con más claridad para todos.
Paz, amor y un domingo de resistencia,
Kiriosa.



