Hace unos días, me tocó recibir la descarga de enojo de un hombre mayor. No fue una auditoría técnica a mi empresa de desarrollo inmobiliario; fue un despliegue de manual de condescendencia, misoginia y una mentalidad que pertenece al siglo pasado.
Las frases se me quedaron grabadas como un eco absurdo: “Los trabajadores no trabajan si el amo no está presente”, “A ellos no hay que confiarles nada”, “La perdono porque es joven”, “Su empresa es joven y no saben cómo hacerlo”.
Este cliente, escudado en que alguna vez “picó piedra” en bienes raíces, intentó usar mi edad, mi género y la juventud de mi negocio para infantilizar mi autoridad. Y mientras lo escuchaba, no pude evitar hacerme las preguntas lógicas: Si posee tanto conocimiento y experiencia, ¿por qué no construyó su propia casa? ¿Por qué decidió comprar en una empresa “joven”? ¿Por qué fue amable con el maestro de obra en el campo, pero descargó su furia conmigo en la oficina?
La respuesta es simple: le enfurece ver a una mujer joven liderando, gestionando capital y creando realidades que él hoy solo puede mirar desde la barrera.
El delirio del “Amo” vs. La dignidad del trabajo
Cuando alguien se autodenomina “amo” y exige una supervisión carcelaria de 24/7, no está hablando de control de calidad; está proyectando su propia incapacidad para liderar desde el respeto. Cree que el ser humano solo produce bajo el látigo del miedo.
A mí me duele profundamente la realidad de la construcción en nuestro contexto. Conozco el pasado de muchos hombres que se dedican a la albañilería; sé cómo la sociedad los menosprecia por su falta de oportunidades, a pesar de que realizan el trabajo más duro y pesado de todos. Es de una crueldad infinita que personas con complejos de superioridad los traten como herramientas desechables para inflar su propio ego.
En mi empresa creemos en algo completamente distinto: los negocios se basan en la confianza, el acompañamiento y la dignidad. No todos los albañiles tienen el mismo nivel de compromiso, es cierto, pero nosotros hemos cosechado un equipo de señores extraordinarios porque hemos sembrado un ambiente de amabilidad. Tratarlos como seres humanos facilita el trabajo y eleva la calidad.
Curiosamente, a las personas que traen esa energía retrógrada de desconfianza y control siempre les pasan las cosas más extrañas, como tubos fisurados que misteriosamente aparecen rotos después de haber pasado con éxito las pruebas de presión. El caos atrae al caos. ¿Nuestra respuesta como empresa? No ponernos a gritar, sino aplicar el sistema: encontramos las fugas, movimos al personal, asumimos el costo de un problema del que fuimos víctimas y lo solventamos con prontitud. Eso es excelencia.
El efecto Taylor Swift: Visión de túnel
En momentos así, me resulta inevitable identificarme con figuras como Taylor Swift. A la artista más importante de nuestra era la han acusado de no tener talento, de estar sobrevalorada y de que solo sabe hablar de sus relaciones. La han criticado en cada etapa de su vida. ¿Y cuál ha sido su respuesta?
Visión de túnel.
Ella no se detiene a convencer a sus detractores. Sigue creando, sigue rompiendo récords mundiales, sigue llenando estadios y, por encima de todo, sigue tratando a su gente con una humanidad inmensa (como los bonos históricos que otorga a todo su equipo de trabajo). Ella deja que el éxito sea el ruido que opaque a las críticas.
He decidido aplicar esa misma visión de túnel en mi negocio. Mi juventud y la de mi empresa no son debilidades; son nuestra mayor fortaleza. Son la razón por la cual no arrastramos los vicios, los abusos ni las estructuras coloniales de la construcción tradicional.
A los “amos” del pasado les devuelvo su enojo; no me pertenece. Yo me quedo con la confianza de mis colaboradores, con la solidez de mis proyectos y con la certeza de que estoy eligiendo activamente construir un mundo empresarial donde la empatía no es negociable. El ruido de los que critican desde la acera jamás será más fuerte que el sonido de nuestras obras en marcha.
Paz, amor y muchas frutas, Kiriosa.



